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lunes, 27 de septiembre de 2010

LA HABILIDAD DEL JUNCO


A la orilla de un río, un roble fue derribado por una tormenta y, arrastrado por la corriente, una de sus ramas se encontró con un junco crecido en un juncal cerca de la ribera. El impacto produjo un gran desconcierto en el roble que no pudo evitar preguntarle al junco cómo había logrado mantenerse sano y salvo, en medio de una tempestad que, por su furia, incluso había sido capaz de arrancar de raíz un roble. "El por qué", dijo el junco, "consiste en que yo logro mi seguridad mediante una habilidad opuesta a la tuya: en vez de permanecer inflexible y testarudo, me adapto ante las ráfagas del viento y no sucumbo".

¿Eres árbol o junco?

EL JUNCO:
Estrategia básica: Ser flexible.
Ventajas: Pocas necesidades vitales y adaptación.
Inconvenientes: Vulnerable ante múltiples amenazas.

EL ÁRBOL:
Estrategia básica: Ser fuerte.
Ventajas: Resistencia a múltiples amenazas.
Inconvenientes: Sin flexibilidad, con lo que un ataque en su punto débil, con la fuerza necesaria, puede destruirlo; además tiene muchas necesidades vitales.

No hay una estrategia única que asegure tu supervivencia, habrá que asumir las ventajas e inconvenientes de cada una. Así, aprovechamos al máximo las ventajas que te da la elección y prepararse seriamente para contrarrestar los puntos débiles, para que cuando aparezcan las circunstancias adversas, asegurar la existencia.


miércoles, 28 de julio de 2010

PENSAR EN OTROS


"Otra cosa que me parece evidente es que desde el momento en que alguien solo piensa en sí mismo, el foco de toda su realidad queda reducido a su persona y, como consecuencia de ese enfoque limitado, cualquier pequeña molestia puede parecer desproporcionada y causar temor, inquietud y un sentimiento de desdicha abrumadora. No obstante, desde el momento mismo en que alguien piensa en los demás con afecto, su perspectiva se ensancha y sus problemas le parecen insignificantes. He ahí la diferencia. "

DALAI LAMA

lunes, 28 de junio de 2010

LA FÁBULA DE LA OSTRA Y EL PEZ: Una metáfora de la comunicación


Un pez que habitaba las aguas de un fondo marino quedó prendado de una ostra por la belleza de su comportamiento. Movía las valvas de una manera tan suave y armoniosa que suscitaba admiración y deseos de acercarse y conocerla. Así le ocurrió al pez, pero sus deseos eran tan intensos e irrefrenables que se acercó de una manera impulsiva. La ostra se asustó y reaccionó cerrándose al instante. El pez quedó sorprendido ya que no pretendía hacerla daño alguno. La rogó que abriera sus valvas, la imploró mil veces e intentó de mil maneras de abrirla pero todas terminaron en fracaso: la ostra más y más intensamente se cerraba. El pez buscó ayuda y consejo en otros peces del lugar que tenían experiencia en abrir ostras. Estos le ayudaron a comprender que el acercarse de una manera brusca y sin miramientos, aunque sus intenciones fueran buenas, produce tanto miedo en las ostras que se cierran de manera refleja. Y si además, trata de imponer su presencia y llega a forzarlas para que se abran, estas llegan a cerrarse tan intensamente que no hay nadie que llegue a abrirlas. Las ostras son seres tan sensibles y orgullosos de su intimidad que no consienten comunicarse con nadie si ellas previamente no lo deciden. Le aconsejaron que no les imponga su presencia, que se acerque a ellas de una manera suave, que intente conocerlas escuchando y observando el movimiento de sus valvas, que trate de imitar sus movimientos y sus reacciones hasta suscitar en ellas el deseo de comunicarse con él. Si lograba que las ostras se sintieran libres para decidir por sí mismas si conversar con él o no, habría logrado lo más difícil, y lo más útil también para que las ostras compartieran sin temor alguno sus bellezas e intimidades. El pez puso en práctica estos consejos y consiguió al final disfrutar de la belleza y compañía de las ostras.

Si se desea una recreación más extensa de esta fábula puede consultar en Costa y López (1996).

viernes, 28 de mayo de 2010

TÚ ERES LO QUE DICES II


Seguimos con el tema del LENGUAJE, en el libro “Tú eres lo que dices” Budd nos explica cómo el cuerpo ‘aprende’ a través de la palabra y cómo lo que él llama “los diez virus del lenguaje” perjudican la salud.
Estos virus lingüísticos son realmente fallos en la comunicación, pero Budd los denomina así porque atacan las relaciones, alteran las estructuras de los individuos que establecen esas relaciones y generan insatisfacción y malos humores. Es decir, los virus del lenguaje no sólo producen ineficacia y roces entre las personas, sino también estados de ánimo negativos; por eso es importante detectarlos y modificarlos. Los explicamos:

1. NO TE PIDO NADA.
A menudo las personas creen que quieren o necesitan algo de otra persona, pero no formulan una petición; puede que se quejen interiormente o ante otros, pero aún así no hacen peticiones. ¿Por qué? porque es doloroso para nosotros que nos rechacen. En realidad una negativa a una petición no es más que eso: una negativa a la acción solicitada, no un rechazo a la persona.

2. “DEBERÍA VENIR CONMIGO”. Vivir con expectativas no comunicadas.
Hay veces que la persona vive en un mundo de “deberías” y expectativas que en realidad son peticiones no expresadas. Mantenemos conversaciones privadas con nosotros mismos sobre lo que otras personas deberían y no deberían hacer, pero no hacemos peticiones abiertas y manifiestas a esas personas. Y cuando no hacen lo que nosotros esperamos, nos sentimos decepcionados, resentidos y enfadados. Pero lo cierto es que esa persona puede que ni siquiera sepa lo que se esperaba de ella.

3. POR FAVOR, ¿PODRÍAS HACERME UN CAFÉ? (¿con leche? o ¿solo?) Hacer peticiones poco claras.
Muchas veces hacemos peticiones poco claras pensando que los otros saben lo que queremos, pero lo cierto es que los otros no ven el mundo como uno mismo. Por eso, para que la relación tenga éxito, las peticiones deben ser exactas y detalladas, aumentando así la posibilidad de satisfacción mutua.

4. ¡AYÚDAME CON EL INFORME! No observar el tono de la petición.
Algunas personas hacen las peticiones como si fueran exigencias, o por el contrario, como las haría un mendigo. Cuando hacemos peticiones no solemos ser conscientes de que el tono de nuestras palabras afectan al oyente como las palabras mismas. Si nos mostramos exigentes, la gente podría rechazar nuestras peticiones, o podría hacernos promesas al sentirse intimidada.

5. VALE, TE PEDIRÉ CITA (¿para qué día? ¿a qué hora?...). Prometer incluso cuando no se tiene claro lo que se ha pedido.
A veces una persona cree saber lo que se espera de ella, así que empieza una actividad, pero a medida que avanza su falta de claridad se pone de manifiesto provocando ansiedad, y cuando no consigue producir el resultado deseado, también desconfianza en la otra persona. Para evitar esta situación lo mejor es preguntar y aclarar aquello que no haya quedado claro.

6. SI, SÍ, SÍ, SÍ, SÍ... No rehusar las peticiones.
Algunas personas dicen que sí a todas las peticiones. Hemos sido educados para complacer a los demás. Creemos que así somos “buenas” personas y que es “malo” decir que no. Esta creencia es destructiva porque la persona se encuentra sobrecargada de promesas que muchas veces no podrá cumplir o haciendo muchas cosas que no quiere hacer, generando ansiedad y desgaste.

7. AUNQUE SE LO HE PROMETIDO, NO IRÉ. Faltar a las promesas.
Cuando hacemos una promesa nos comprometemos a realizar una acción futura y creamos una expectativa en la otra persona. La confianza es la valoración que hace la otra persona de que cumpliremos la promesa, así es que ésta confianza hay que cuidarla para seguir manteniendo una relación sana.

8. DIOS EXISTE. Tratar las valoraciones como si fueran la verdad. Si tratamos las valoraciones como si fueran la verdad, surgirá el conflicto. Vivir con los demás con respeto y dignidad debe incluir la idea de que la gente tiene la libertad de tener sus propios criterios.

9. NO SÉ EL MOTIVO, PERO NO ME GUSTA. Hacer afirmaciones sin un fundamento riguroso. Es bueno utilizar argumentos para emitir nuestros juicios. Las personas que hacen valoraciones sin rigor no suelen ser tomadas en serio y dan impresión de inseguridad.


10. SERÉ UN BUEN PROFESIONAL. Hacer declaraciones fantásticas. Cuando hacemos este tipo de afirmaciones, damos por supuesto que ocurrirá por sí sola. Lo más adecuado es movilizarse en la búsqueda de los propios objetivos.

De estos diez virus lingüísticos podemos concluir realmente que “lo que dices es lo que eres” y que las acciones lingüísticas tienen un profundo efecto en la vida y en la salud, es decir, las palabras afectan al cuerpo.

viernes, 30 de abril de 2010

“TÚ ERES LO QUE DICES”


PALABRAS. ¿Qué son? ¿Para qué sirven? ¿Cómo las utilizamos? El otro día me puse a releer el libro del doctor Budd en el que presenta un eficaz programa, científicamente probado, donde se combinan ideas antiguas y modernas sobre el comportamiento humano, neurofisiología, lenguaje y espiritualidad; todo dirigido a llegar a los “Caminos del bienestar”.

Uno de los principios fundamentales es que somos lo que decimos: nuestras palabras juegan un papel esencial a la hora de determinar nuestra salud, es decir, a partir de lo que decimos y sobre todo de lo que nos decimos a nosotros mismos nos provocamos unos estados de ánimo, unas actitudes que van a determinar nuestra forma de ser, de actuar... Así como nuestra biología, experiencia, sociedad, cultura y familia influyen en nuestra conducta, el lenguaje ocupa un papel muy importante:

- Nos permite ordenar y clasificar el mundo.
- Es la base sobre la que se construye la vida humana, sobre la que elaboramos nuestras interacciones y hasta nuestro concepto del ser.
- Nos ofrece la posibilidad de crear procesos nuevos.
- Nos permite tener conciencia de nosotros mismos y de los demás.
- Crea la confianza, la intimidad y el sufrimiento.
- La competencia en el uso del lenguaje nos aporta más satisfacción, alegría en el vivir.
- Cuando la gente cobra conciencia de su comportamiento en el terreno lingüístico, alcanza mayor eficacia, mayor satisfacción y mejor humor.

miércoles, 17 de marzo de 2010

LA IMPACIENCIA

Reproducimos parte de un artículo de El País titulado LA IMPACIENCIA NO SIRVE PARA NADA que nos ha parecido muy interesante.

Querer acelerar el ritmo de los acontecimientos es una distorsión de nuestra mente. La clave para cambiar consiste en aprender a disfrutar el momento presente.
Me gusta que las cosas sucedan cuando yo quiero". "Odio que me hagan perder el tiempo". "Mándame el informe urgentemente". "¡Hay que ver qué lenta es la gente!". "Ya va siendo hora de que cambien las cosas". "¡Date prisa, que llegamos tarde!". "¡Lo necesito ahora mismo!". "¿Por qué no me ha llamado todavía?". "¡Me muero por que sea viernes!". "No soporto que me hagan esperar".
Si le resulta muy familiar alguna de estas afirmaciones, seguramente conocerá bien qué es la impaciencia. Pero no se preocupe. Es una distorsión psicológica que tiene cura. Tan sólo basta comprender que es inútil. No sirve absolutamente para nada. Por más que nos quejemos, enfademos y lamentemos, las cosas van a seguir yendo a su ritmo, tal y como lo han estado haciendo y lo van a seguir haciendo siempre.
Y no sólo eso. Es muy perjudicial para nuestra salud emocional. Cada vez que nos invade la impaciencia es como si tomáramos un vasito de cianuro, vertiendo veneno sobre nuestra mente y nuestro corazón. Eso sí, a pesar de que vivimos en una sociedad que premia y ensalza la velocidad y la inmediatez, desprenderse del hábito de "querer las cosas para ya" es posible. Todo se reduce a un simple cambio de actitud.
EL VENENO DE LA PRISA
"Deseamos ser felices aun cuando vivimos de tal modo que hacemos imposible la felicidad" (san Agustín)
Imagínese que está al volante de su coche, conduciendo tranquilamente por una calle de un solo carril. De pronto se forma una inesperada caravana. Aunque usted no puede verlo, parece que un camión se ha detenido unos cuantos metros más adelante para realizar una descarga. Pasan los segundos y usted sigue sin poder avanzar. Poco a poco empieza a ponerse nervioso. Echa un vistazo a su reloj y suelta un tedioso resoplido.
Al poco rato comienzan a sonar los primeros bocinazos. En medio de aquel insoportable ruido, finalmente pierde la paciencia y, harto de esperar, se suma a la protesta y toca varias veces el claxon con rabia.
Al cabo de un rato retoma la marcha, impotente y molesto por lo sucedido. Puede que usted no sea consciente, pero las emociones negativas que ha creado mientras apretaba el claxon con fuerza le van a acompañar el resto del día. ¿Y todo ello para qué? ¿Acaso su impaciencia le ha servido para acelerar la descarga realizada por el camión? ¿Realmente cree que el conductor ha tardado más de lo necesario aposta sólo para fastidiarle? Lo paradójico es que la impaciencia sólo le ha perjudicado a usted.
LA RAÍZ DE LA IMPACIENCIA
"Lo que causa tensión es estar 'aquí' queriendo estar 'allí', o estar en el presente queriendo estar en el futuro" (Eckhart Tolle)
Pero entonces, ¿por qué lo hacemos? ¿Por qué somos impacientes? Aunque parezca mentira, ninguno de nosotros elige tomar esta actitud cuando la vida no se ajusta a nuestros planes. Por el contrario, la impaciencia surge mecánica y reactivamente de nuestro interior cuando vivimos de forma inconsciente. Se trata de un efecto, un síntoma, un resultado negativo que pone de manifiesto que la mirada que estamos adoptando frente a nuestras circunstancias es errónea.
Si volvemos al ejemplo del atasco de tráfico anterior -que puede ser extrapolado a cualquier otra situación cotidiana-, nos damos cuenta de que nuestro malestar surge al poner el foco de nuestra atención en el denominado "círculo de preocupación". Es decir, en todo aquello que no depende de nosotros, como que el conductor del camión realice la descarga más rápidamente. Y al no poder hacer nada al respecto, nos invade la impotencia, y con ésta, el agobio, el enfado y la lamentación.
Sin embargo, el camión tiene todo el derecho de pararse y realizar la descarga, de igual manera que nosotros también detenemos nuestro coche a veces, haciendo demorar a otros conductores. Si nuestro día a día no es más que un continuo proceso repleto de otros necesarios para que todos podamos completar nuestras actividades personales y profesionales, ¿dónde está el problema? ¿Por qué es tan difícil adaptarse a lo que sucede?
EL ARTE DE VIVIR DESPIERTO
"Si no hallas satisfacción en ti mismo, la buscas en vano en otra parte" (François de la Rochefoucauld)
La respuesta se encuentra dentro de nuestra cabeza. Cada vez que nos sentimos impacientes, ocasionándonos a nosotros mismos un cierto malestar, significa que estamos interpretando los acontecimientos externos en base a una creencia limitadora: que nuestra felicidad no se encuentra en este preciso momento, sino en otro que está a punto de llegar. O, dicho de otra manera: como creemos que no podemos estar a gusto en medio de un atasco, deseamos que éste termine de inmediato para poder llegar a nuestro destino, donde sí podremos gozar de nuestro bienestar.
Sin embargo, funcionar según esta falsa creencia revela una verdad incómoda, que suele costarnos bastante aceptar: la impaciencia suele ser un indicador de que no estamos a gusto con nosotros mismos. Porque si lo estuviéramos realmente, no tendríamos ninguna prisa en que el camión (o cualquier otra persona, cosa o situación) avanzara a una velocidad mayor de la que lo está haciendo. Ni siquiera aparecería la prisa, pues ya sabríamos de antemano que no sirve para acelerar el ritmo de lo que nos sucede.
Lo cierto es que sólo a partir de un estable bienestar interno podemos empezar a relacionarnos con nuestras circunstancias de una manera más consciente, pudiendo tomar la actitud y la conducta más convenientes en cada momento. A esta capacidad, los psicólogos y coachs contemporáneos la llaman "vivir despierto". Al darnos cuenta de que no podemos cambiar lo que nos sucede, sí podemos modificar nuestra actitud, centrándonos en el denominado "círculo de influencia". En el caso del atasco, implicaría respirar profundamente, poner la radio, cantar, pensar en positivo y otras acciones que dependieran por completo de nosotros.
De esta forma nos ahorraríamos la desagradable compañía de la impaciencia, un huésped que de tanto visitarnos termina por instalarse indefinidamente en nuestro interior. Eso sí, para adoptar esta actitud más constructiva es necesario que nos recordemos de vez en cuando que todos los procesos que conforman nuestra vida tienen su función y su tempo. De ahí que, por más que intentemos acelerarnos, siempre terminaremos chocando una y otra vez con esta inmutable verdad, causándonos por el camino la experiencia del malestar.
LA VIDA TIENE SU PROPIO RITMO
"El hombre corriente, cuando emprende una cosa, la echa a perder por tener prisa en terminarla" (Lao Tse)
Cuenta una historia que un hombre paseaba por el campo, aburrido, sin nada qué hacer. De pronto se encontró un capullo de mariposa y decidió llevárselo a casa para distraerse un rato, viendo cómo ésta nacía. Tras veinte minutos observando la crisálida, empezó a notar cómo la mariposa luchaba para poder salir a través de un diminuto orificio.
El hombre estaba realmente excitado. Jamás había visto nacer a una mariposa. Sin embargo, pasaron las horas y allí no ocurrió nada. El cuerpo del insecto era demasiado grande, y el agujero, demasiado pequeño. Impaciente, el hombre decidió echarle una mano. Cogió unas tijeras y, tras hacer un corte lateral en la crisálida, la mariposa pudo salir sin necesidad de hacer ningún esfuerzo más.
Satisfecho de sí mismo, el hombre se quedó mirando a la mariposa, que tenía el cuerpo hinchado y las alas pequeñas, débiles y arrugadas. El hombre se quedó a su lado, esperando que en cualquier momento el cuerpo de la mariposa se contrajera y desinflara, viendo a su vez crecer y desplegar sus alas. Estaba ansioso por verla volar.
Sin embargo, debido a su ignorancia, disfrazada de bondad, aquel hombre impidió que la restricción de la abertura del capullo cumpliera con su función natural: incentivar la lucha y el esfuerzo de la mariposa, de manera que los fluidos de su cuerpo nutrieran sus alas para fortalecerlas lo suficiente antes de salir al mundo y comenzar a volar. Su impaciencia provocó que aquella mariposa muriera antes de convertirse en lo que estaba destinada a ser.
LA FILOSOFÍA DEL 'AQUÍ Y AHORA'
"Bendito regalo es este al que llaman presente" (Sebastian Skira)
Más allá de comprender que todos los procesos que forman parte de nuestra existencia tienen su propio ritmo, despedirse de la impaciencia también implica descubrir que lo que necesitamos para ser felices ya se encuentra en este preciso instante y en este preciso lugar. De hecho, es imposible hallarla en ningún otro momento ni en ninguna otra parte.
Aunque se ha repetido hasta la saciedad, los seres humanos tenemos un peculiar rasgo en común: tendemos a olvidar lo que necesitamos recordar y a ser víctimas y esclavos de esta negligencia. Así, el pasado es un recuerdo y el futuro es pura imaginación. Lo único que existe de verdad es el presente, que es el espacio y el tiempo donde podemos recuperar el contacto con nuestro bienestar interno. Aunque no nos lo parezca, ahora mismo todo está bien. Todo está en su sitio, tal y como tiene que ser. El problema lo crea nuestra mente cuando no acepta lo que hay, tratando de cambiar lo externo, que no depende de nosotros, y posponiendo nuestra propia transformación, que sí está a nuestro alcance.Algunos coachs especializados en desarrollo personal proponen que la próxima vez que nos invada la impaciencia nos preguntemos: "¿Qué es lo que no estoy aceptando? ¿Qué le falta a este momento? ¿De qué manera lo que está sucediendo me impide ser feliz? ¿Qué prisa tengo? ¿Qué voy a hacer luego?". Al analizar las respuestas, concluimos que desear que llegue un futuro imaginario suele ser una consecuencia de no estar en paz con nosotros mismos en el presente. Aprendemos a fluir cuando comprendemos que la realidad siempre es aquí y el momento siempre es ahora.

lunes, 1 de febrero de 2010

MI PLANETA Y LA CULTURA DEL ESFUERZO


Después de concluir en la universidad un curso y por aquellas situaciones que nos tocó vivir, es que me veo en la obligación de escribir esta nota sobre el esfuerzo.

Una alumna, escribía que era muy injusto que se le suspendiera. Afirmaba que no había asistido (por el tipo de aprendizaje es obligatoria la asistencia), que no había presentado los trabajos de análisis conceptual que debía hacer, señalaba que no había tenido tiempo para hacerlos, pero eso sí, el tema del curso le interesaba mucho. Insistía que era injusto, y que deberíamos revisar su calificación.

Simplemente quería “aprobar”, no estaba dispuesta a trabajar por ello, lo pedía, mas bien lo exigía. Establecía una nula relación entre resultados y esfuerzo.

Ese hecho me obligó a pensar sobre el tema del esfuerzo, en relación a lo que sucede en Mi Planeta. Me ha parecido que es obligatorio decir algo. Ahora y en el momento que estamos viviendo este tema nunca me ha parecido tan importante.

En mi plantea, durante el largo camino hacia el desarrollo, los primitivos habitantes tuvieron, imagino que como mucha otra gente, que trabajar mucho, dedicarle muchas horas a la tierra o a lo que sea, para poder obtener algún resultado. Muchas horas de espaldas dobladas, para conseguir algo de comida, muchos esfuerzos y privaciones para conseguir algunos resultados, como ropa, agua y cosas básicas.

Lo esencial es que los hombres y las mujeres, sabían que tenían que esforzarse, para conseguir algo de lo que necesitaban. Y esa idea fue asumida como buena, incorporaron el esfuerzo como mecanismo importante de crecimiento y supervivencia. Y así entre resultados positivos conseguidos con esfuerzo, entre fracasos no deseados, pero igualmente asociados al esfuerzo, se fue creando una especie de “cultura” del esfuerzo. Al final todo el mundo tiene claro que puedes crecer, e ir donde quieras, conseguir lo que deseas, etc., pero te lo debes ganar. Tendrás, en el mejor sentido de la palabra, que trabajar por ello.

Esta “cultura” del esfuerzo, enraizó de manera firme en todos los aspectos de la vida de la gente de mi planeta. Y tanto en lo personal, como en cualquier tipo de organización, social, familiar, educativa, laboral o simplemente lúdica, se construía en base al esfuerzo.

Esa cultura del esfuerzo, fue aportando más cosas y al final funcionó. Nos fuimos haciendo ricos, en cosas y sentimientos y nos fuimos desarrollando. Mediante la cultura del esfuerzo se desarrollaron otras áreas del saber humano. Y aprendimos, con el tiempo y en base a la experiencia, que no solo era necesario esforzarse, sino también en hacerlo bien. Al final comprendimos que el éxito, la excelencia, se encuentra en la práctica permanente y la práctica correcta.

Estos dos aspectos son la clave del éxito, trabajar mucho y hacerlo bien. Si quieres aprender algo, debes esforzarte, dedicarle mucho tiempo, con interés, y sobre todo hacerlo cada vez mejor hasta alcanzar la perfección, si es posible.

Y como resultado crecimos más, podíamos “soñar” en alcanzarlo todo, y teníamos una sociedad basada en el esfuerzo, donde el trabajo, la dedicación y el compromiso eran aspectos valorados, respetados y se admiraba a quién los poseyera.

Pero hubo un momento que los políticos empezaron a hablar del “estado del bienestar”, y empezaron a proponer que no era necesario tanto esfuerzo, y alguna razón tenían. Pero siguieron insistiendo y empezaron a legislar para evitar el esfuerzo como condición de éxito. Empezaron a “vender” la idea de los derechos, como contraposición a la de obligaciones, y el equilibrio justo que antes se tenía, entre derechos y obligaciones se rompió.

La generaciones siguientes vivieron el desequilibrio e hicieron de él una forma de vivir y se hicieron fuertes con el tengo derecho a…. como demanda básica y se fueron olvidando del debo dar o hacer… para conseguirlo.

Y así entre otras, La Ola (die welle) de muchas exigencias y pocos compromisos.

Esa Ola de muchos derechos y pocas obligaciones, llegó a todo, y se acomodó espectacularmente bien en el sistema educativo. La Ola señaló que ya no era necesario estudiar o trabajar para aprender. Lo importante es obtener los resultados, tengo derecho a aprobar, el aprendizaje se lo da por obvio. Lo esencial dentro de la Ola de derechos, es no frustrarse, había que evitar el fracaso y evidentemente no hay nada mejor para evitar el fracaso, que no exista ninguna posibilidad de fracasar. O trabajando mucho y bien o concediendo automáticamente el éxito, sin ninguna exigencia. Y así lo del esfuerzo asociado al conocimiento, quedó totalmente superado.

Conseguimos que nuestra valiosa cultura del esfuerzo, que nos había permitido llegar hasta donde estábamos, se cambiará por la cultura del yo quiero, del debo tener y me lo merezco, tan solo por haberlo pedido.

Tuvimos, como consecuencia de esa Ola de muchos derechos y pocas obligaciones, una negra y triste época de decadencia. Fue muy duro y doloroso poder revertir ese proceso que nos hubiera llevado inevitablemente a la más absoluta decadencia moral y ética, como la que estamos viviendo aquí y ahora.